Reconozco a las personas por el tipo de trabajo. Es algo así como una debilidad profesional, recuerdo los zapatos más que las caras, más que los movimientos, más que los perfumes, más que nada. Cada vez que un zapato se pone frente a mí, está catalogado en mi gran biblioteca mental sobre los zapatos que han pasado por mis cepillos y por mis lustres. Sin miedo a equivocarme puedo ver un zapato una vez y si me ponen varios zapatos similares yo puedo saber cuál era ese zapato que yo alguna vez limpie, o pulí o sólo le sacudí el polvo. Además sé cómo son las personas según el tipo de zapato que usen. Sé sin verles las caras o las ropas si son gente de dinero, si son personas de poder, si son indigentes o si son casi nada. Muchas veces las ropas pueden dar las percepciones equivocas, pero nunca los zapatos. Ahí siempre se ve cuanto han andado, y mientras más caminado está un zapato más pobre la persona. Los ricos cambios de zapato a cada caminata. Los pobres siempre usan el mismo zapato. A veces vienen con botas, los mocasines blancos de charol quedan perfectos cuando le paso mi trapo y mi cepillo.
Y así transcurre todo. Todos los días veo cientos de zapatos que muchas veces casi siempre todos los he visto antes. Casi siempre son los mismo zapatos que van variando sólo la rotación en que yo los veo. Hay algunos que los veo todos los días. Y a esos los tengo que dejar mejor a los otros, porque esos zapatos siempre vuelven. Son mis clientes regulares. Es todo lo que veo durante todo el día. Y así siempre trascurre todo.
Mi lugar es a un par de cuadras de la plaza San Martín. Siempre para llegar paso por entremedio de la plaza, llevando mis bártulos en la valija. Siempre estoy algún rato mirando el lugar donde se suponía que debía estar el agua. Mirando la fuente. Nunca supo porqué no tenía nunca agua. Y me quedaba mirando ese lugar vacío mientras la gente todavía no se levantaba. Yo tengo que estar en mi lugar antes que las primeras personas necesiten ir a sus trabajos. Las personas tienen que tener relucientes sus zapatos, sean de cualquier extracción, casi siempre es necesario tener los zapatos limpios. Trabajo en la calle de los bancos. Luego de muchas vueltas me he dado cuenta que ese es el mejor lugar en todo William Morris para trabajar. Los banqueros, sean cajeros o los gerentes, necesitan tener los zapatos siempre limpios. Por eso trabajo en la calle Rodríguez Peña donde están casi todos los bancos. Esta calle empieza desde la plaza San Martín y corta a la principal, la avenida San Martín. En esa esquina está el banco Provincia. Luego en la otra esquina está en Banco Nación y alejándose de la plaza están todos los bancos privados. Y yo, estoy en una esquina donde está el Banco Quilmes. Es un gran paredón de piedra. Enfrente está el Bistro “La Quinta Redonda”, allí van a comer todos los bancarios cuando termina la jornada. Allí encontré mi lugar.
Esa mañana para mi era igual a todas. Me levanté temprano. Más temprano que todos las demás personas en el pueblo. Hacía mucho frío y al alba ya estaba caminando. Me detuve un rato largo frente a la fuente sin agua. Estuve mirando las monedas que todavía yacían en el piso. Me llamaba la atención que ningún niño las hubiera tomado. Aunque luego me enteré que es de mala suerte y este es un pueblo muy superticioso. Llegue a mi lugar y me senté a esperar a los clientes. El último cliente del día anterior me había dejado el diario “Crítica”, me dediqué a leerlo un buen rato. Sentado en la silla donde se sientan mis clientes. Miraba por la vidriera del Bistro y veía el poco movimiento de la mañana. Los mozos se movían entre las mesas poniendo todo en orden para lo que iba a ser el día.
El día discurrió. Tuve poco trabajo. Varios zapatos negros comunes. Algunas botas feas que siempre recordaré, nada del otro mundo. En los ratos libros leía el diario del día anterior, leía sobre crímenes, robos y de cómo el gobierno constitucional caía una vez más bajo las presiones de los militares. Uno de mis grandes aspiraciones de la vida era poder trabajar cerca de un regimiento y poder lustrar las botas de todos los militares que pasaran cerca. Ellos sabrían apreciar mi trabajo mejor que todos los demás. El cafetero llego para hacerme compañía a media mañana, quedamos charlando sobre deportes. Yo sigo la campaña de Campito y él sigue a los Libertadores. El clásico de la ciudad sería el fin de semana que vendría y discutiamos sobre cuál de los dos teams tenía mayores posiblidades de ganar. Así trascurrió todo, entre clientes y charlas.
Eran más o menos las once cuando noté algo extraño. Un auto paró y estacionó cerca de mí. Me lo quedé mirando y note tres personas en él, todos estaban vestidos igual tenían sombreros de copa. Mucho más no puedo recordar. Una de las puertas del auto se abre y baja uno de ellos. Viene hacia mi y se sienta. Me pide que le lustre los zapatos. Entonces yo me siento frente a él y agarro mi cepillo. La verdad que nunca había visto unos zapatos como esos. Eran caros y a la vez muy usados. Eran de una persona que disponía de cierto estatus, pero a la vez no era una persona que dispusiera de mucho dinero. Nunca había atendido alguien así. Sus zapatos eran mocasines negros de charol que le hacían juego con el pantalón. Estaba mirando para el frente mientras yo pasaba mi cepillo contra el cuero. Estaba haciendo un gran trabajo, aunque de hecho los zapatos ya estaban limpios cuando él se sentó allí. Yo me veía mi cara, veía mi satisfacción porque me gusta cuando un cliente atiende a sus zapatos. Intenté generar conversación varias veces.
El hombre sólo dijo que estaba de paso. Que estaba atendiendo un asunto que tenían que liquidar y luego se irían de este apestoso pueblo. Yo intenté defender a la ciudad que me daba de comer pero tengo como política nunca discutir con los clientes. Él no habló mucho más, aunque en algún momento me pidió que le de la hora. Yo le dije que faltaban cinco para el mediodía. Me pregunta cuánto es y me paga. Me dejó propina. Yo le agradezco y se va, mientras yo guardo todo. Abrí de nuevo el diario cuando escuché cuatro disparos, cuando me di vuelta vi que el auto estaba saliendo rápido y noté que enfrente varias personas se estaban juntando alrededor de un tipo que estaba sangrando. Me quedé esperando que alguno necesite limpiarse los zapatos.
Llegó la policía, la ambulancia. Pero estaba muerto. Todos lo sabíamos. Yo nunca me acerqué al cadáver aunque sí vi los zapatos. Supe que era el Naila. Me parecía increíble que alguien mate a un tipo tan bueno como el Naila. El comisario vino a última hora, cuando había terminado todo. Se sentó y me pidió que le limpiara los zapatos. Lo escuché, habló durante todo el tiempo. Me dijo que unos matones habían estado esperándolo y que nadie los había podido identificar. Me contó que ellos sabían que el Naila estaba metido en cosas no tan santas, pero nunca pensaron que podía llegar a esos extremos. “No en William Morris” me dijo, lo recuerdo por el tono de indignación mientras yo escupía sus zapatos negros viejos. Nunca podría verme en ese cuero como sí pude verme en los otros zapatos.
En algún momento me preguntó si yo había visto algo. Le dije la verdad, que no. Aunque también le dije que si volvía a ver los zapatos del matón de seguro lo reconocería en un instante y que si volvía yo le pegaba un chiflido.
Nunca volvió.
1967


2 comentarios:
Me hizo pensar en las diferentes visiones que tiene la gente sobre la vida, cada uno desde su propia perspectiva.
También pensé en mis zapatos (botas en realidad), si es verdad que reflejan lo que es uno.
Besos
Cómo me gustan tus relatos vistos de diferentes ángulos!
Abrazo
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