lunes 27 de julio de 2009

Limpiabotas.

Reconozco a las personas por el tipo de trabajo. Es algo así como una debilidad profesional, recuerdo los zapatos más que las caras, más que los movimientos, más que los perfumes, más que nada. Cada vez que un zapato se pone frente a mí, está catalogado en mi gran biblioteca mental sobre los zapatos que han pasado por mis cepillos y por mis lustres. Sin miedo a equivocarme puedo ver un zapato una vez y si me ponen varios zapatos similares yo puedo saber cuál era ese zapato que yo alguna vez limpie, o pulí o sólo le sacudí el polvo. Además sé cómo son las personas según el tipo de zapato que usen. Sé sin verles las caras o las ropas si son gente de dinero, si son personas de poder, si son indigentes o si son casi nada. Muchas veces las ropas pueden dar las percepciones equivocas, pero nunca los zapatos. Ahí siempre se ve cuanto han andado, y mientras más caminado está un zapato más pobre la persona. Los ricos cambios de zapato a cada caminata. Los pobres siempre usan el mismo zapato. A veces vienen con botas, los mocasines blancos de charol quedan perfectos cuando le paso mi trapo y mi cepillo.

Y así transcurre todo. Todos los días veo cientos de zapatos que muchas veces casi siempre todos los he visto antes. Casi siempre son los mismo zapatos que van variando sólo la rotación en que yo los veo. Hay algunos que los veo todos los días. Y a esos los tengo que dejar mejor a los otros, porque esos zapatos siempre vuelven. Son mis clientes regulares. Es todo lo que veo durante todo el día. Y así siempre trascurre todo.

Mi lugar es a un par de cuadras de la plaza San Martín. Siempre para llegar paso por entremedio de la plaza, llevando mis bártulos en la valija. Siempre estoy algún rato mirando el lugar donde se suponía que debía estar el agua. Mirando la fuente. Nunca supo porqué no tenía nunca agua. Y me quedaba mirando ese lugar vacío mientras la gente todavía no se levantaba. Yo tengo que estar en mi lugar antes que las primeras personas necesiten ir a sus trabajos. Las personas tienen que tener relucientes sus zapatos, sean de cualquier extracción, casi siempre es necesario tener los zapatos limpios. Trabajo en la calle de los bancos. Luego de muchas vueltas me he dado cuenta que ese es el mejor lugar en todo William Morris para trabajar. Los banqueros, sean cajeros o los gerentes, necesitan tener los zapatos siempre limpios. Por eso trabajo en la calle Rodríguez Peña donde están casi todos los bancos. Esta calle empieza desde la plaza San Martín y corta a la principal, la avenida San Martín. En esa esquina está el banco Provincia. Luego en la otra esquina está en Banco Nación y alejándose de la plaza están todos los bancos privados. Y yo, estoy en una esquina donde está el Banco Quilmes. Es un gran paredón de piedra. Enfrente está el Bistro “La Quinta Redonda”, allí van a comer todos los bancarios cuando termina la jornada. Allí encontré mi lugar.

Esa mañana para mi era igual a todas. Me levanté temprano. Más temprano que todos las demás personas en el pueblo. Hacía mucho frío y al alba ya estaba caminando. Me detuve un rato largo frente a la fuente sin agua. Estuve mirando las monedas que todavía yacían en el piso. Me llamaba la atención que ningún niño las hubiera tomado. Aunque luego me enteré que es de mala suerte y este es un pueblo muy superticioso. Llegue a mi lugar y me senté a esperar a los clientes. El último cliente del día anterior me había dejado el diario “Crítica”, me dediqué a leerlo un buen rato. Sentado en la silla donde se sientan mis clientes. Miraba por la vidriera del Bistro y veía el poco movimiento de la mañana. Los mozos se movían entre las mesas poniendo todo en orden para lo que iba a ser el día.

El día discurrió. Tuve poco trabajo. Varios zapatos negros comunes. Algunas botas feas que siempre recordaré, nada del otro mundo. En los ratos libros leía el diario del día anterior, leía sobre crímenes, robos y de cómo el gobierno constitucional caía una vez más bajo las presiones de los militares. Uno de mis grandes aspiraciones de la vida era poder trabajar cerca de un regimiento y poder lustrar las botas de todos los militares que pasaran cerca. Ellos sabrían apreciar mi trabajo mejor que todos los demás. El cafetero llego para hacerme compañía a media mañana, quedamos charlando sobre deportes. Yo sigo la campaña de Campito y él sigue a los Libertadores. El clásico de la ciudad sería el fin de semana que vendría y discutiamos sobre cuál de los dos teams tenía mayores posiblidades de ganar. Así trascurrió todo, entre clientes y charlas.

Eran más o menos las once cuando noté algo extraño. Un auto paró y estacionó cerca de mí. Me lo quedé mirando y note tres personas en él, todos estaban vestidos igual tenían sombreros de copa. Mucho más no puedo recordar. Una de las puertas del auto se abre y baja uno de ellos. Viene hacia mi y se sienta. Me pide que le lustre los zapatos. Entonces yo me siento frente a él y agarro mi cepillo. La verdad que nunca había visto unos zapatos como esos. Eran caros y a la vez muy usados. Eran de una persona que disponía de cierto estatus, pero a la vez no era una persona que dispusiera de mucho dinero. Nunca había atendido alguien así. Sus zapatos eran mocasines negros de charol que le hacían juego con el pantalón. Estaba mirando para el frente mientras yo pasaba mi cepillo contra el cuero. Estaba haciendo un gran trabajo, aunque de hecho los zapatos ya estaban limpios cuando él se sentó allí. Yo me veía mi cara, veía mi satisfacción porque me gusta cuando un cliente atiende a sus zapatos. Intenté generar conversación varias veces.

El hombre sólo dijo que estaba de paso. Que estaba atendiendo un asunto que tenían que liquidar y luego se irían de este apestoso pueblo. Yo intenté defender a la ciudad que me daba de comer pero tengo como política nunca discutir con los clientes. Él no habló mucho más, aunque en algún momento me pidió que le de la hora. Yo le dije que faltaban cinco para el mediodía. Me pregunta cuánto es y me paga. Me dejó propina. Yo le agradezco y se va, mientras yo guardo todo. Abrí de nuevo el diario cuando escuché cuatro disparos, cuando me di vuelta vi que el auto estaba saliendo rápido y noté que enfrente varias personas se estaban juntando alrededor de un tipo que estaba sangrando. Me quedé esperando que alguno necesite limpiarse los zapatos.

Llegó la policía, la ambulancia. Pero estaba muerto. Todos lo sabíamos. Yo nunca me acerqué al cadáver aunque sí vi los zapatos. Supe que era el Naila. Me parecía increíble que alguien mate a un tipo tan bueno como el Naila. El comisario vino a última hora, cuando había terminado todo. Se sentó y me pidió que le limpiara los zapatos. Lo escuché, habló durante todo el tiempo. Me dijo que unos matones habían estado esperándolo y que nadie los había podido identificar. Me contó que ellos sabían que el Naila estaba metido en cosas no tan santas, pero nunca pensaron que podía llegar a esos extremos. “No en William Morris” me dijo, lo recuerdo por el tono de indignación mientras yo escupía sus zapatos negros viejos. Nunca podría verme en ese cuero como sí pude verme en los otros zapatos.

En algún momento me preguntó si yo había visto algo. Le dije la verdad, que no. Aunque también le dije que si volvía a ver los zapatos del matón de seguro lo reconocería en un instante y que si volvía yo le pegaba un chiflido.

Nunca volvió.

1967

martes 19 de mayo de 2009

Deudas saldadas

Tengo un texto en plena corrección. Capítulo perdido de algo anterior que aún no encuentro.
Esta caja es una bolsa sin fin.
Tengo tiempo cero y mucho trabajo por hacer.
Tengo en manos un cuento relato capítulo ¿fragmento? interesante, que sigue desarrollando personajes.
Falta poco para terminar de corregirlo.
Hasta yo estoy extrañando volver a esto. Me consumía, y ahora me hace tanta falta.

Ya terminado, lo transcribo. En el fragmento superior de la hoja, escrito en la misma letra, dice:

"Tenía la historia pero no sabía cómo empezar, en este momento, a casi las tres de la mañana del domingo, estoy bastante conforme con el resultado."

Yo no estoy tan conforme. He leido, a esta altura, mejores relatos. Hace un trabajo con las comas que opté por no corregir, que no me termina de convencer. Faltan comas por doquier. No sé si eso le agrega algo al texto o no, por lo que, por ahora, lo dejo así. Acepto comentarios al respecto.
Me gusta, sin embargo, la estructura. En este relato, magníficamente, hace un gran uso de los verbos.

Y una buena descripción de los personajes. El Marín empieza a dibujarse:

"Veía árboles, playas, barcos areneros que pasaban en dirección a la capital, boyas y un montón de cosas."

Por otra parte, ya encontré el capítulo posterior, que relata algunos de los atracos del Naila. Buen capítulo. Un cuento policial, casi autónomo.

Basta de mí. Trascribo:



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11

Entra al pueblo sólo porque sabe donde doblar. Le llama poderosamente la atención que no hay ningún cartel que indique con alguna flecha la entrada. Dobla rápidamente en el ramal que entra a la ciudad de William Morris y anda rápido por la ruta. Va tranquilo con la mano sobre la ventana abierta que le golpea y le vuela los pelos rubios.

Empieza a ver las primeras casas, el rancherío de las afueras y la pulpería en la curva de la ruta. Pasa por un puente que sortea el arroyo principal, un gaucho petiso va caminando llevando un par de caballos agarrados por la correa. El Naila le toca bocina en señal de saludo y el gaucho petiso se lo devuelve con un asentimiento con la cabeza. Va tranquilo mirando las calles solitarias en la noche invernal. La adrenalina le viene bajando desde hace un buen rato y empieza a reconocer las calles de la ciudad. Da un par de vueltas y sin querer toma la avenida principal que lo lleva en muy poco tiempo hasta el río, el límite norte de la ciudad. Una vez allí da una vuelta por la calle de la costanera y la recorre de punta a punta. Llega hasta el extremo oeste, allí donde esta la casa de putas. Allí para y no nota ningún movimiento extraño. Todavía es temprano aunque es ya noche cerrada.

Retoma lentamente por la calle de ripio. Va con la mano afuera y el viento frío le golpea la cara. Tiene frío pero eso lo mantiene despierto. Agarra el atado de cigarrillo que está en el asiento del acompañante donde también descansa el revólver 32 largo. Lo enciende y va fumando tranquilamente mientras vuelve a entrar al pueblo. Las casas bajas y la poca actividad lo desconciertan. Toma la calle del centro y va recorriéndola, llena de luces y con algunos pocos peatones que caminan rápido buscando apañarse del viento frío que hay esa noche. Los ve y los desprecia. Llega hasta la plaza principal del pueblo y sale de la avenida San Martín. Sabe que al costado de la plaza, a un par de cuadras vive el Marín. Sabe que va a ser su mejor opción para pasar allí la noche y recoger fuerzas.

Estaciona frente a la casa, que es una casa chata con un gran alero que recorre toda la parte de adelante y la del costado derecho de la casa. Tiene puertas y ventanas altas. Él había pasado mucho tiempo en esa casa, porque allí vivía su tía y su tío, que eran los padres del Marín. Mira la casa y busca algún indicio que le indique que su primo está dentro. Ve una luz en el alero y nota un bulto negro. Se baja lentamente, una vez afuera agarra el paquete de cigarrillos y se lo mete en el bolsillo interior del saco. Mira el revólver y lo toma con la mano derecha y mientras se incorpora, se lo acomoda en la espalda agarrado por el cinturón. Se acerca a la puerta de calle y abre la pequeña puerta de alambre que es el límite de la propiedad. No tiene mucho garbo al caminar y es bastante torpe debido a lo alto que es, aunque eso muchas veces le jugó a favor porque la gente toma una predisposición contraría a las habilidades físicas del Naila. Saluda con la mano desde el alero de la entrada, donde la puerta alta estaba totalmente cerrada y va hasta donde estaba el Marín sentado tomando mate.

El Marín ese día no trabajó. Era su día libre y anduvo dando vueltas por el pueblo. Normalmente, iba hasta el río y allí se quedaba pescando o mirando a otros como lo hacían. Casi nunca pescaba nada, ya que no ponía carnada. Se quedaba ahí sentado en su sillita plegable mirando las olas del río. Antes lo hacía con su padre, pero este había fallecido hacía por lo menos dos años, su padre era el que le ponía la lombriz en el anzuelo, cosa que el Marín nunca aprendió a hacer. Su padre, mientras estaban sentados en la dársena, le hablaba de lo bueno que era la pesca en el mar. Hablaba sobre los peces que se sacaban, sobre el sonido de las olas rompiendo contra la playa y de no ver nada sobre el horizonte más que agua y más agua. El Marín siempre oía esas historias tranquilo, sin interrumpirlo, y se imaginaba el mar. Le encantaba el mar y siempre decía que su sueño era ir al mar. La única foto que tenía de su padre y de su madre juntos estaban sonrientes juntos en un verano en la ciudad de Mar del Plata. Luego de eso nunca volvieron al mar.

Estuvo toda la mañana sentado en la dársena, cada tanto algún viejo le hablaba y le decía que con ese viento todos los peces ya estarían desaparecidos. El Marín no respondía sólo asentía como si entendiera y seguía mirando el horizonte, pero no veía sólo agua. Veía árboles, playas, barcos areneros que pasaban en dirección a la capital, boyas y un montón de cosas. Cuando el sol estaba en lo más alto, traía línea, recogía todos sus bártulos y volvía caminando por el mismo camino que hacía para llegar. En el centro paraba en la panadería del viejo Hidalgo y le pedía con mucha dificultad algo de pan y unas facturas para la tarde. Luego con la bolsita siempre agarraba la plaza principal y llegaba hasta la fuente. Una vez allí se quedaba mirándola, se preguntaba por qué estaba siempre vacía. Sólo tenía algo de agua sucia y verde en el fondo. El Marín nunca supo nada sobre la epidemia de fiebre amarilla que había azotado a William Morris, ni nada por el estilo. Desde esa época la fuente siempre estaba vacía por decreto de intendente. Recorría el trecho hasta la otra punta de la plaza y caminaba a paso más apurado lo que restaba hasta su casa.

En la cuadra de su casa siempre saludaba con gestos a sus vecinos y entraba raudamente a su casa. Abría la puerta de alambres, que cada vez rechinaba más, y entraba a su casa por la puerta de costado. Desde que falleció su padre nunca más abrió la puerta principal ya que nunca supo en el manojo de llaves cuál era la que la abría. Entraba por la puerta de su habitación y de allí caminaba por el pasillo oscuro hasta la cocina. Siempre miraba las fotos y las imágenes de la Virgen que estaban a su costado. Llegaba a la cocina y se cocinaba algo rápido. Ese día se hizo un sándwich de jamón y queso. Lo comió mientras escuchaba la radio a transistores. Escuchaba el informativo. Sin que se diera cuenta escuchó una noticia sobre un atraco a un banco en la localidad cercana, se decía que una banda de maleantes había entrado en las primeras horas de la mañana al banco provincia del pueblo y a punta de pistola se había llevado un gran motín. También dijeron que un policía había sido muerto en el asalto y que sospechaban que uno de los malvivientes tenía una herida de gravedad.

Al finalizar su almuerzo se dirigió a la cama y durmió una larga siesta. Se había levantado con el alba y estaba muy cansado de haber estado toda la mañana en la dársena pescando. Cuando se levantó ya era muy tarde y se acomodó las ropas. Salió a dar una vuelta por el pueblo, volvió a cruzar la plaza principal y entró en la avenida San Martín. Recorrió la calle mirando las vidrieras y llegó hasta el cine. Una vez allí se puso a mirar los afiches de las películas, vio una de Ava Gardner; siempre le había gustado esa actriz. No había visto la película. Pensó en entrar y hasta fue a la boletería a sacar el ticket, pero el muchacho que vendía las entradas le dijo que ya había empezado hacía cincuenta minutos y que no le convenía sacar las entradas en ese momento, que vuelva volviera dentro de una hora.

Anduvo otro rato por la calle principal hasta que en una esquina vio a la Pola. Se quedó quieto y se escondió detrás de un árbol. Era la primera vez que la veía y que no estaba en la valiente casa de señoritas. Sus amigos cada tanto lo llevaban allí y mientras ellos desaparecían en las habitaciones él se quedaba en su mesa, tomando algo mientras escuchaba a la muchacha que cantaba ligera de ropas. La primera vez que la vio fue cuando salió de la habitación con uno de sus amigos. La vio y se quedó prendado a la belleza escultural de la Pola. Y luego cada vez que sus amigos (o lo que él pensaba que eran sus amigos) lo llevaban se quedaba pendiente de encontrarla salir de alguna de las habitaciones del piso superior. Alguna vez la vio detrás de la barra. Nunca le habló. No hablaba bien, pronunciaba mal algunas letras y, además, le daba mucha vergüenza hablar con mujeres que nunca había visto. Así que desde ese momento, casi todas las noches que podía iba hasta allí y la miraba escondido desde la mesa de atrás, cerca de las ventanas bloqueadas con ladrillos huecos y con el cemento a la vista.

Se quedó un largo rato espiándola desde detrás del árbol, mientras la Pola hablaba con otra de las mujeres de la casa de señoritas. Cuando ellas se pusieron a caminar, él no tuvo la mejor idea que seguirlas. Estuvo un buen rato fantaseando tocarla y tomarla por las caderas. Hablarle y declararle su amor. Pero la siguió a una buena distancia. Ellas reían y hablaban muy fuerte, el viento cada tanto hacia que la pollera se le volara y le dejara notar un poco las piernas blancas y largas que tenía. Las siguió hasta las barrancas y luego por toda la avenida de la costanera. Los autos les tocaban bocina y, aunque el Marín no lo notó, muchas señoras hablaban por lo bajo de cómo se atrevían a salir de la casa y cómo andaban caminando por el pueblo como si fueran personas comunes y corrientes. Llegaron hasta la casa de señoritas y entraron. Todavía era de día y la casa ese día sólo abría por la noche, el Marín las miró desde la playa y cuando las perdió de vista volvió caminando por la playa hasta el pueblo.

Otra vez en su casa se sentó en el alero, con la radio muy baja. Tenía en su mano derecha la pava, la que apoyaba en una mesita a su costado cuando no se cebaba los mates y en su mano izquierda tenía el mate. Estuvo un buen rato tomando mates, mientras notaba como iba cayendo la noche sobre la pampa húmeda. Sus pensamientos fueron cambiando a cada rato. Empezó a pensar en la Pola y en cómo él algún día en la casa de señoritas le declararía su amor. Las cosas que le diría. Imaginó todo. Todo.

Luego se puso a mirar la foto de su madre y de su padre en Mar del Plata. Ellos estaban abrazados con los pies descalzos sobre la arena. Estaban vestidos y cada uno llevaba sus calzados en la mano. El mar estaba detrás de ellos y sus sonrisas demostraban que estaban recién casados. Estaban de luna de miel y había mucha gente al costado de ellos. Se notaba el invierno en sus ropas pesadas. La foto era sepia y estaba muy gastada. El Marín la llevaba consigo a todos lados. Sus ojos en algún punto dejaron de ver los colores plateados y se quedaron viendo las flores del jardín. Cuando salió de su ensoñación, escuchando las olas rompiendo contra la playa y viendo sus pies sobre la arena amarilla mojándose con el agua (Que él presumía dulce como la que conocía del río), guardó la foto en su billetera.

Con la noche oscura se puso a regar las flores que eran de su madre. Su madre había fallecido hacía mucho tiempo y él tenía pocos recuerdos de ella. Sólo verla regar las plantas en la tardecita, mientras él le correteaba por los costados. Era su recuerdo feliz, sus padres todavía no volvía del matadero y ellos estaban tranquilos. Cuando su padre llegaba había gritos y discusiones que el Marín no entendía.

Mientras regaba las flores la radio volvió a hablar sobre el gran atraco al banco provincia en la localidad vecina. Ampliaron un poco más la información que habían dado por la tarde, pero eran datos poco precisos sobre las descripciones de los asaltantes. El Marín no escuchó nada de eso, y si lo hubiera escuchado lo habría olvidado rápidamente.

Estaba sentado e iba por la cuarta pava de mate cuando vio un auto que estacionó en la puerta de su casa. Ya era tarde y no tenía mucha hambre aunque había comido muy poco durante todo el día.

Ve al conductor que se baja y hace un par de movimientos cerca de la puerta y en un momento lo saluda con la mano. Él devuelve el gesto con la cabeza y nota que el tipo entra a la casa. Sólo en ese momento se dio cuenta que era el Naila, su primo.

Camina por el alero en penumbras saludándolo afectuosamente mientras le dice que tiene que prender algunas luces, que parecía que estaba de velorio allí. El Marín le dice que le molestan las luces artificiales y le gusta estar en la noche. El Naila no le responde nada y le dice que se va a quedar un rato con él. El Marín no dice nada, pierde de vista a su primo.

El Naila entra a la casa y el olor a encierro lo golpea fuertemente. Camina hasta la cocina y encuentra un poco de pan. Busca en la alacena y ve el jamón, agarra un poco y lo mete en el pan. Se sienta en la redonda mesa que estaba en el medio de la cocina. Antes igual se saco saca el arma del cinturón y la pone sobre la mesa. Mientras come abre el tambor del revólver y deja caer las balas contra la mesa. Éstas, haciendo un ruido metálico, se mezclan con el zumbido de la radio que pasa tangos melancólicos.

Se queda mirando las balas y va agarrando una por una, parándolas. Eran seis balas las que cayeron del tambor. Y una era sólo una vaina. Agarra ésta y la huele. Siente el olor a pólvora, le gusta el olor. Le gusta ese olor, es el que siente cada vez que dispara su arma y ese humo ocre aparece por el cañón. Ese olor le da el poder, cuando esa ese aroma lo golpea sabe que él tiene el poder de frenar una vida en seco. Se siente todopoderoso y tiene el mundo en su puño.

Juega con la vaina vacía en sus dedos. La hace girar entre medio de sus largos dedos mientras su mirada está puesta en un almanaque de diciembre de 1927. Entre tanto se pregunta por qué ese almanaque quedó por la eternidad en esa fecha. Se lo pregunta, pero realmente no le interesa saber la respuesta. Conoce la estupidez del Marín y sabe que la respuesta a eso sería totalmente idiota. No le molestó nunca su primo, pero sí le molesta mucho su retraso. Porque siente que el Marín podría no ser tan tonto como es, pero que algo siempre lo retuvo. Culpa de sus tíos, un par de enfermos.

Vuelve a olor oler la vaina y otra vez el olor a pólvora lo embarga. Se pone la vaina en el bolsillo derecho y luego agarra del bolsillo interior del saco el atado de cigarrillos. Se pone un pucho en la boca y se da cuenta que no tiene nada para encenderlo. Se para y va hasta la hornalla, por ahí busca y encuentra un paquete de fósforos. Saca uno y nota que el Marín guarda además todos los fósforos gastados y quemados. Enciente uno y también el cigarrillo. Vuelve a sentarse en la silla en la que estaba, se queda mirando el fuego del fósforo y lo extingue una vez que esta muy cerca de sus dedos. Fuma tranquilamente mientras piensa en todo lo que puede ir mal desde ese momento en adelante.

Vuelve a tomar el revólver y empieza a poner las balas en el tambor. Mientras sostiene el revólver mira y apunta a ningún lugar en particular, pero en ese momento ve al Polo tirado en el piso.

Estaba manejando a las apuradas mientras los sonidos de las sirenas se escuchaban cada vez más lejanas. El Naila manejaba cada vez más rápido por el camino de tierra levantando la polvareda de la seca. Entraba por todos lados el polvo y el Polo iba tirado en el asiento de atrás. Cada tanto el Naila lo miraba por el espejo retrovisor, se sostenía la herida, tenía una bala en la panza y sangraba mucho. Al Naila le molestaba que sangrara y cada tanto gritaba, decía idioteces que lo hinchaban. Hablaba sobre su hermana y le decía que le diga que él la quería mucho, que la amaba y que todo eso lo hacía por ella. A él no le importaba y no le respondía.

En algún punto llegó a un páramo y paró el coche. Se miró los guantes y bajó sosteniendo el 32 largo en la mano. Tuvo un momento de duda mientras caminaba desde un lado al otro. Pero sopesó rápidamente que si eran menos el botín se debería dividir entre menos. Y al final de cuentas el Polo era un gil que habían encontrado en William Morris para hacer el trabajo pesado que ninguno de la banda quería hacer. Abrió la puerta de atrás y agarró al Polo intentando no mancharse de sangre. Lo logró, lo llevó hasta un árbol y lo sentó allí. Le dijo que paraban porque era necesario cambiar el coche. El Polo ya no entendía mucho y se meo meó los pantalones. Al Naila no le gustaban esa clase de tipos, esos no-profesionales que lo echaban todo a perder. Se alejo un par de pasos mientras el otro le hablaba sobre su hermana que trabajaba en una casa de putas en la ciudad, que vaya a hablarle si no sobrevivía al balazo que le había pegado el policía que había entrado justo cuando ellos salían del banco.

El Naila levantó el arma. Cerró el ojo izquierdo, puso alza, y mira miró sobre la cabeza del Polo y apretó el gatillo. El sonido retumbó en el silencio del páramo e hizo que los pájaros que estaban reposando en los tilos cercanos levantaran vuelo. El olor a pólvora y el humo ocre que salían del cañón de su arma le generaron una sonrisa en la cara. Le había reventado la cabeza de un tiro. Se acercó al cadáver y le sacó las identificaciones, el dinero y la 45 que llevaba en la cintura. Volvió al auto, agarró el saco con el dinero y lo metió en el baúl. Intentó limpiar la sangre que había en el asiento trasero pero era un trabajo fútil. Al rato desistió. Agarró unas chapas patentes que había robado la noche anterior y las cambió porque las que tenía puestas. Metió la 45 del Polo en la guantera y arrancó marcha atrás hasta que volvió a la ruta.

Agarra del bolsillo del saco una bala y la pone del en el lugar de donde había sacado la vaina vacía. Luego hace girar el tambor y cuando para de girar, de un movimiento lo cierra. Al Naila siempre le gustaron los revólveres porque sentía que las pistolas eran más inseguras, que aunque tenían más municiones se trababan mucho. Un revólver nunca se encasquillaría ni nada de eso. Un revólver siempre disparaba. Era confiable y él lo mantenía muy bien. Siempre que podía lo desarmaba y lo limpiaba. Todo eso lo había aprendido en la colimba, le había tocado hacer en el regimiento de infantería número 9 en Azul. Allí había conocido a sus compañeros de banda.

Se para y se pone el revólver en la parte trasera del cinturón de nuevo. Camina comiendo el pedazo de pan con jamón y va hasta donde está el Marín, que sigue tomando mate y mirando la nada. Cuando llega el Marín le ofrece un mate que el Naila acepta. Toma el mate y se lo devuelve. Le dice que si alguien le pregunta desde el día de ayer él está con él. El Marín le dice que no es así. Suspirando y maldiciendo internamente, el Naila le dice que él estuvo toda la tarde con él, que haga memoria y recuerde. En algún momento al Marín se le mezclan los recuerdos de esa tarde con los recuerdos de cuando él y el Naila estaban toda la tarde vagueando por el pueblo y le dice que en ese momento ya recuerda. Y le cuenta de la vez que mataron unas comadrejas en las afueras. Al Naila no le importa mientras el Marín le dé una buena coartada, sabe que nadie en el pueblo desconfía del Marín aunque todos piensan millones de cosas sobre él.

Se quedan un largo rato tomando mate hasta que a la pava ya no le queda más agua y la yerba ya está totalmente lavaba lavada. En el último mate que toma el Naila mira los palitos de la yerba flotar anárquicamente por el mate. Lo toma y aburrido como una tuba, le dice que lo acompañe hasta la casa de putas. El Marín le dice que sí pero no sabe a dónde lo está invitando su primo. Se paran y entran al coche. El Marín nota la sangre pero no se da cuenta que es sangre, le dice algo sobre que se le cayó algo de pintura en el asiento trasero y el Naila le dice que es un tonto, que no recuerda que se le cayó a él cuando habían ido a la ferretería el otro día. El Marín lo mira y le dice que la verdad que no lo recuerda pero si él se lo dice debe ser así. Y el Naila le dice que claro que es así.

Arranca y andando lentamente por las calles del pueblo toma dirección a la barranca. En un momento del recorrido pasan por delante de la comisaría. El Naila transpira un poco mientras el Marín saluda al comisario que estaba sentado en una silla en la puerta iluminado por un farol a gas. El comisario le devuelve el saludo y el Naila lo saluda a su vez. Siguen camino a las barrancas y agarran la calle de la costanera. Una calle doble que tiene árboles (Sauces llorones) en el medio y a los costados. El Marín va mirando el río oscuro a su costado derecho, ve un par de boyas iluminadas y a un barco arenero (aunque él no lo sabe) que va río arriba hasta el puerto comercial un par de decenas de millas más al norte. El auto va levantando polvo, el Marín se le pone a contar que hace meses que no cae ni una gota de lluvia. Al Naila no le interesa.

Llegan a la casa de putas y en ese momento el Marín se da cuenta que es la casa de señoritas. Entran luego que se saludan de saludarse con el que cuida la puerta, que era muy amigo del Naila de la época que jugaba al truco por plata en la pulpería del pueblo, cerca de la ruta de salida, mientras escuchaba al viejo que contaba historias sobre la fundación de William Morris atrás suyo. Entran y la luz mortecina no es muy diferente de la luz de afuera, una luz apagada de noche de nubes grisáceos.

Se sientan en la mesa redonda donde siempre se sienta el Marín, mientras el Naila se acerca a la barra a pedir unos tragos. Pide lo mismo para él que para su primo. Vuelve a la mesita y le da el trago al Marín, que estaba mirando la fotografía de su padre y su madre en el mar. Se pone a hablar de mar, sobre el ruido de las olas, sobre el sentir de la espuma en los pies, sobre cómo él entraría al mar y estaría allí todo un día entero. Al Naila no le importa lo que le cuenta su primo, está mirando a las muchachas que estaban en la barra esperando que algún cliente las lleve a la parte de arriba.

El Marín mientras hablaba no paraba de buscar con la vista a la Pola, pero no la encontraba. Normalmente cuando iba con sus amigos (O lo que él pensaba que eran sus amigos) no hablaba porque ellos se perdían en la parte de atrás algunos y otros se iban para la barra. Pero al estar con su primo sentía la necesidad de llenar el aire espeso y con olor a humo. El Naila enciende un cigarrillo y le ofrece a su primo que lo rechaza. No le importa. Se queda mirando y recuerda que el Polo le dijo que su hermana trabajaba allí.

El Naila recuerda que antes del atraco, en la madrugada anterior cuando estaba yendo para el pueblo, antes de entrar al banco mientras hacían tiempo sentados en el auto mirando la puerta doble por donde todavía no entraba ninguna persona, le había mostrado una foto de él y de su hermana cuando eran más jóvenes. En ese momento el Naila se dijo que la hermana del Polo, la Pola, se veía muy apetitosa.

La Pola estaba gritando en una pieza de arriba con uno de sus clientes habituales, un miembro de concejo deliberante del pueblo. Un gordo con mal olor pero que dejaba buenas propinas. Mientras el gordo gemía ella pensaba en el día, pensaba en las vidrieras, en las comidas. Miraba el techo mientras gemía sólo por costumbre. Le decía cosas chanchas y cada tanto le hacía acelerar. Ella se había dado cuenta que el tipo raro del pueblo la anduvo siguiendo mientras estaba con la Cachi. Pero no le importó. Lo veía todo el tiempo en las mesas mientras esperaba un cliente. No sabía si le molestaría o no si él le proponía algún negocio. Pero siempre la miraba desde lejos, de reojo. Ella pensaba que era un chico tierno, pero le daba algo de miedo la forma como la miraba.

En algún momento del acto sexual se puso a pensar en su hermano, el Polo, en qué estaría haciendo. Hacía varios días que no lo veía y la última vez le había dicho que iba a trabajar en algo importante y que, con suerte, podría hacer que ella deje dejara de trabajar en esa ese lugar de poca monta. Ella no le dio importancia a sus palabras, porque no le molestaba trabajar allí. Era un lugar limpio y tenía a varios habituales que le dejaban buena propina. Con todo ella pensaba que era una buena vida la que llevaba. No le molesta en absoluto ese trabajo.

El gordo se fue y ella se queda un rato más allí. Sola, descansando un rato. Al rato se viste, con la poca ropa que llevaba. Se asea en el baño, se pone un poco más linda y sale. Baja las escaleras mirando todas las mesas y nota al Marín con el Naila. A este último no lo conocía ni nunca lo había visto. Aunque el Naila sí la reconoció y sí la vio desde el primer momento. En algún punto el Naila piensa que tal vez le tiene que decir algo sobre el Polo, pero luego desiste de la idea y se dice que si tiene que hacer algo es ayudarla económicamente mientras él se pasa un buen momento.

Le dice al Marín que lo espere mientras él se va a hacer un negocio “con esa chica que bajó recién las escaleras” le dice. El Marín se dio da cuenta y en su asombro no puede decir palabra para negar eso, o para decir que no o algo por el estilo. Ve a su primo que se acerca a la Pola y ve como hablan. El Naila cuando le mira los ojos se dice que son los mismos ojos que tenía el Polo. Piensa en algún momento en el cadáver apoyado contra ese sauce siendo comido por las aves y animales rapiñeros de la zona. No le importa demasiado. El Marín ve como suben, el Naila abrazándola de la cintura y conversando airadamente.

12

martes 21 de abril de 2009

William Morris: ¿R.I.P?


Breton y Eluard escribieron en 1936, yo leí hoy:

"A la menor tachadura, el principio de inspiración total está arruinado. La imbecilidad borra lo que la almohada ha prudentemente creado. Es preciso no darle la menor participación so pena de producir monstruos. Nada de coparticipaciones. La imbecilidad no puede ser reina."

Frente a este tipo de gritos, a mí me tiembla el pulso y temo que William Morris sea destinado al fracaso irremediable.


jueves 16 de abril de 2009

Aquella valiente casa de señoritas

Encontré un papel mecanografiado a doble espacio y corregido con lápiz. Algunas correcciones se escapan a la lectura, intentaré descifrarlo. No voy a copiar las correcciones, sólo el texto limpio.

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Era la hora de la siesta y la soledad no acompañaba a los hombres más reos de William Morris. Mejor aún, los acompañaba, pero de forma cruel y un poco violenta. Por eso mismo, sin hablarse, con un solo mohín de cabeza, decidieron dirigirse allí. Pasaron primero a buscar al Marín, que vivía a unas casas de la plaza principal. Se refrescaron en la fuente fresca y reluciente y acomodaron sus peinados. Estaban camino a lo más parecido a una cita que iban a experimentar en un tiempo considerable, así que se emperifollaron de acuerdo con la ocasión.
Los esperaba, como siempre, al costado de la ruta. En la entrada norte del pueblo, pasando los no carteles, la casuchita de barro se erguía, con presencia. Desde allí, en días de mucho sol, la casa misma parecía llamarlos. Sus ventanales grandes, su cal blanca, su techo casero.
Ya en la puerta, los muchachos sellaron un nuevo pacto de silencio y entraron. Y ahí comenzó todo.
Los ventanales estaban tapiados del lado de adentro de la casa. El tono rojo del ladrillo a la vista, sumado a la escasa luz y a la poca ventilación, creaba un ambiente particularmente intimista. Aquellos ventanales tapiados, amurados, alejando a los mirones del lugar daban al lugar esa cuota de lugar-fuera-del-mundo que era necesario creer.
Las chicas, detrás de la segunda puerta, esperaban, ligeras de ropa, sentadas en sillas, taburetes, mesitas. En un rincón, una barra con retazos de falso cuero y una señora un poco gorda, que observaba. La señora saludó, cordial y silenciosamente, e invitó a los muchachos a ponerse cómodos. "Recuerden. Pierde paga, rompe paga." "Descuide, ñá. Sólo un ratito."
Aún resonaban los recuerdos de la fiesta celebrada la noche anterior. Del techo colgaban globos y cintillas de colores que amenizaban la oscuridad del local. Las chicas parecían cansadas, pero estaban en sus puestos.
En el escenario, una joven tal vez demasiado joven intentaba cantar y bailar al compás. No lo hacía mal, no. Pero se sabía que la jovencita era mejor para otras cosas. El Marín la miró y le guiñó el ojo. Ella bajó, obediente. Y se puso a repasar los menúes que ofrecía.
El Marín desapareció con la señorita. Los hombres aprovecharon para cerrar sus tratos y desaparecer, a su vez.
Agotados, un rato más tarde, volvieron a pasar por el lugar donde antes estaba el cartel que daba la bienvenida al pueblo. Llevaron al Marín a su hogar.
Y regresaron a sus tareas.

sábado 11 de abril de 2009

Carteles

El texto de hoy tiene sus particularidades, pero me gustó especialmente.
No está escrito en el mismo tipo de papel, la materialidad denota su espontaneidad.
Es un papel arrancado de un anotador.
No es del mismo tamaño ni color de la mayoría de las hojas. Está escrito en tinta negra, con letras levemente más desprolijas que de costumbre. Me costó entenderlo, por momentos, pero creo haber descifrado todo.
Me suena a escritura de tranvía. El comienzo abrupto, el final abrupto. ¿Habrá sido pensado para intercalar en algún lugar en especial?
Un cartel en el camino, una idea, y sus ganas de plasmarla.

Últimamente, las preguntas acerca de mi propio trabajo con el texto están robando un poco del entusiasmo con el que trabajaba anteriormente. Tengo miedo de apropiarme de lo que no es mío. Y me hace trastabillar, dejar pasar cosas por alto, empezar a trabajar con el texto más en crudo. Hoy estoy textualista. Y me da (doy) miedo.

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Sí, sí. Yo mismo l Lo he visto con mis propios ojos. Con mis dos ojos. Aunque hubiese sido tuerto, hubiera visto lo mismo. Sí, sí. Estaba galopando por una zanja. Volvía en la madrugada por los campos del señor Maddox, por los límites. Galopaba a campo traviesa, el ruido de los cascos sonaba hueco en la graba grava. Escuchaba los sonidos del lobezno que aullaba. Pensaba en el séptimo hijo varón del matrimonio Sera. en eso trabajo estos días. [Siempre resultará críptico, por momentos. Es parte de nuestra relación. Pero debo sacarlo del texto.] Tal vez andaba por los campos, con la luna llena. Ese muchacho debe ser un lobizón totalmente desarrollado ya. Andaba con mis ojos bien abiertos, buscándolo con la mirada. Todas las noches de luna llena salgo a buscarlo. Sé que lo saben, sí lo sé. Pero tiene que ver con la historia. Supongo.

Andaba galopando, tranquilo, vigilando el horizonte con la mirada. Tenía mi escopeta cargada colgando de mi espalda. Los aullidos cada vez se hacían cada vez más profundos y más reales. Debía de estar cerca Muchas veces pienso que mi imaginación es lo que crea esos sonidos, pero siempre llega el momento de verlos a los ojos y notar [No me gusta este verbo. ¿Sugerencias?] la realidad. Llegué a una zona boscosa, artificialmente boscosa. Había muchos eucaliptos puestos en forma simétrica, la naturaleza no tiene esa perfección. Había lugar para que mi caballo cabalgara entre medio de los eucaliptos, los árboles estaban puestos en líneas tan perfectas que a mí me impresionó. Todavía me impresiona cada vez que ando por esos campos plantados. Estoy seguro que el lobizón de los Sera anda por esos campos. Totalmente seguro. Muchas noches le he perdido el rastro por esa zona.

No sé porqué los Sera no aceptaron eso de la ley. ¿No escucharon nada de eso? Pues han puesto una nueva ley donde el presidente de la República apadrina al niño; a todos los séptimos hijos varones de los matrimonios desdichados. Pero los Sera no creen en la ley. Creen en las supersticiones. Me resulta increíble, pero lo han dejado en el campo. Cuando yo llegué a decirles que ese bebe estaba maldito, que había que matarlo, ya lo habían dejado en los campos. Y yo que ese chico anda por la pampa aullando en las noches de luna llena. No creo que el apadrinamiento y la beca en la educación hubieran ayudado a en nada. Si lo es, lo es. ¿No? Esa es mi opinión. Estoy en contra de la ley, porque además de que creo que no funciona, estoy seguro que va a acabar con mi línea de trabajo. Nosotros hacemos un trabajo para la comunidad.

Salí del área plantada con de eucaliptos y cabalgué otro buen rato. Seguí el Arroyo Matienzo hasta el vado donde todavía pastan algunos caballos cimarrones. Ahí crucé al otro lado y me quedé escuchando el sonido del agua a mis espaldas. Esperé a que el lobizón empezara a aullar de nuevo. Y no lo hizo. Tuve que seguir mis instintos. Tengo el oído agudizado, es parte de mi trabajo. Para cazar lobizones de noche me paga la municipalidad, es lo que hago; como saben. No, gracias, sólo un vaso con agua. [Punto y aparte, ¿no?]

Esperé al lado del arroyo hasta que vi movimientos en una zona más o menos lejana, una figura de negro cerca de la ruta. Le chistó chisté [Empezamos con los verbos nuevamente. ¿Estará realmente buscando un estilo que le estoy matando? ¿Hasta dónde llegar con la normativa y dejar de creer en él y su propia exégesis de la realidad temporal? ¿Qué soy: dueña o parte?] a mi caballo y nos movemos movimos con la mayor parsimonia posible. Intentando no hacer ningún sonido. Tomé mi escopeta y me fijé que estuviera cargada. No, todo eso de la bala de plata y esos mitos no son reales. Perdigones comunes y corrientes uso yo. Y como saben ya llevo cazados más de diez lobizones, lo cual es un nuevo récord en el municipio de William Morris.

Bueno, bueno. Llegué a la zona donde había visto a la figura negra sólo iluminada por el reflejo de la luz blanca de la luna. Puse mi escopeta en posición. Me acerqué lentamente. Como ustedes saben, los lobizones tienen el oído muy desarrollado y son tan inteligentes como los lobos. Son animales viles, además. Me acercó acerqué por detrás de una zona llena de árboles, hasta darme cuenta que estaba muy cerca de la ruta provincial. Vi que no era una figura, sino que eran muchas. Me di cuenta al instante que no era el lobizón de los Sera, que es el único que anda suelto, el único que no he matado sinceramente. Tampoco tengo la información que haya hoy por hoy otros lobizones, pero nunca se sabe. Por eso hay que estar siempre muy atento.

Me bajé de mi viejo corcel y, sosteniéndolo de por las riendas, caminé más lento. Empecé a oír sus conversaciones. Habían estado en el viejo prostíbulo que está allá por el rancherío. No es que haya estado alguna vez por ahí, pero sí he oído historias. Además mi trabajo me hace conocer la zona como la palma de mi mano. Pasé un par de veces por la casucha, pero igual nunca se acercan por allí, el movimiento los ahuyenta. A los lobizones, claro. Les gusta más cazar cuando hay poco movimiento. Por eso yo trabajo solo, sin perro. Aunque sé que en otros municipios a los cazadores les gusta trabajar en equipo y con perros. Pero no tienen mi registro, que es el más alto de la provincia. Mi récord es provincial, sinceramente les digo. [Punto y aparte, ¿no?]

Pero volviendo al tema. Empecé a escuchar las conversaciones. Estaban hablando de una tal... no recuerdo el nombre. Se la La describían y se decían un montón de cosas inapropiadas, hasta para una mujer de baja vida. Pero al parecer, si van, les conviene ir con ella.

Me escondí en unos arbustos luego de atar a mi caballo a un árbol y me acerqué lo más que pude sin que me vieran. Cuando estaba a un par de metros los pude ver realmente bien. Eran tres empleados de la provincia, lo noté por sus ropas. Cuando dejaron de hablar de eso, se empezaron a quejar sobre lo oxidados que estaban los tornillos de los carteles. A mí me llamó la atención, hablar de los carteles y eso. Pensé que estaban cambiando el cartel por alguna de esas razones. Vieron, esos carteles verdes que indican que empieza el municipio y el otro con el nombre del pueblo.

Me di cuenta que los sacaban y los subían al camión negro. Dejaron el poste desnudo, solo e inútil. Al rato se fueron puteando el trabajo que les había tocado, maldijeron a nuestro pueblo. Maldijeron al intendente. [ ] [Es curiosa su manera de separar las oraciones entre sí. Entre cada punto y la oración siguiente hay un espacio considerado, como si realmente esperara para seguir escribiendo, como si estuviera pensando, como si tuviera pequeños baches insalvables. Estoy pensando dejarlos a la hora de tipearlo, para darle más imparto visual al estilo conversacional.] Arrancaron el camión y condujeron. Luego me puse a ver, no había cartel que indicara que ahí empezaba el municipio, ni el nombre del pueblo, ni el otro cartel verde que indicaba que faltaban diez kilómetros para llegar.

Volví a mi caballo. Me di cuenta que por estar espiando, en ese arranque de curiosidad, había olvidado por completo al lobizón de los Sera, mi trabajo. Volví al caballo, me subí y cabalgué por la ruta. Alejándome del pueblo. Iba por la banquina mirando a ambos lados. No había ni un alma, pero asumía que el lobizón se me había ido a los límites del municipio. Y si pasa esa línea imaginaria (Que yo he pasado muchas veces en el fragor de la caza) se acababa mi competencia y pasaba a la del cazador del otro municipio. Pero no me importó y seguí cabalgando, saliendo de mi jurisdicción. Vi a lo lejos un cartel y me llamó la atención, realmente pensé que los habían sacado todos. Supongo que la noche anterior estaba algo curioso, normalmente no lo estaría, pero algo me llamó la atención. Este era el cartel donde normalmente dice que faltan tantos kilómetros para Santa María, tantos para Colonia Vega, tantos para Buenos Aires. William Morris siempre está arriba, porque es el que está más cerca. Pero no estaba. Seguí cabalgando en mi perplejidad. Estaba azorado, si no saben que significa la palabra busquen un diccionario, no es mi problema, buscando los siguientes carteles. En ninguno figuraba nuestro pueblo.

Nos borraron del mapa. Sí, sí. Lo vi con mis propios ojos. Nada indica que estamos acá. Fui a hablar con el intendente, pedí una consulta. No me la dieron, no sé porqué. Hablando por ahí con otras personas, colegas de la municipalidad, me han informado que por un entredicho entre el intendente y el gobernador, han borrado de todos los mapas de la provincia a nuestro pueblo. En los mapas más viejos de 1922 vamos a figurar, pero de acá en adelante no.

No sé bien por qué, pero vivimos en un pueblo al del que no hay carteles que indiquen cómo llegar. No figuramos en ningún mapa. Vivimos en un pueblo fantasma. Se está haciendo de noche. Aunque no figuremos en ningún mapa, yo tengo trabajo que hacer. Cabalgaré hasta encontrar al lobizón de los Sera, sólo espero que aunque no existamos mi récord siga siendo válido; hay un premio jugoso para el que maté más lobizones este año. Espero que esto no afecte mi récord. Tengo neces [El texto termina allí, bruscamente. No encontré, por ahora, el papel que lo continúa.]

sábado 4 de abril de 2009

Primera Fundación.

Normalmente usaba uso la avenida San Martín. Pedaleando cruzaba cruzo la Plaza del Libertador con su fuente llena de agua de lluvia, siempre bajo el nivel, siempre sucia. El Libertador, en el medio de la plaza con su nombre, en su caballo blanco apuntaba con su mano derecha al río, a las barrancas, al oeste, a los Andes. Y yo lo miraba miro, un rato, de reojo, pero nunca lo observaba observo. 

Me había pedido pidió que le consiga algo de yerba, algo de azúcar, un poco de pan y algunas otras vituallas. El almacén de ramos generales queda [o presente o pasado hombre, póngase de acuerdo.] en las afueras de William Morris. Hay que ir por la avenida del centro hasta el final, cuando deja de tener adoquines y empieza el ripio. Me gustaba el ruido que los pocos autos generaban con el ripio, hoy ya no me gusta. Demasiados autos, hoy en día y el sonido se pierde. Había Hay que llegar casi hasta el arroyo, donde se erguía encuentra el almacén, hecho de adobe y con las propagandas de bebidas gaseosas en los costados de la puerta. La ruta provincial pasaba pasa a unas leguas más allá, pero nadie la usaba usa la ruta provincial. 

Entro al almacén viendo [¿por qué le gustan tanto los gerundios a este hombre?] y veo las mesas esparcidas por ahí, mesas todas cuadradas, había algunas ocupadas. Algunos de los parroquianos me saludan y otros están muy inmersos en sus bebidas como para darse cuenta que yo había entrado entré. Uno está jugando al solitario mientras su compañero lo mira y no le habla. La luz era es escueta y era toda artificial. La luz del sol, tan luminosa antes, tan brillosa que hacía hizo que yo tuviera que estar un largo rato en la puerta acostumbrando mi vista a la penumbra del lugar, no podía entrar por ningún lado. Me acerco hasta la barra donde le pido al dependiente todas las cosas que necesito para llevarle: si me olvido de algo me fustigará a rebencazos. Mientras sacaba [que si presente, que si pasado, no logra ponerse de acuerdo] saco la listita de mi bolsillo y me peinaba peino, dejando mi boina blanca en la barra, una voz por detrás me chistaba chista. 

Siempre lo hacía. A veces pienso que siempre lo hará. La voz me chista cada vez más fuerte. Yo sabía quién era e iría para ese lugar cuando el dependiente terminara de empaquetarme las cosas. Lo conocía de todas mis visitas al almacén. Siempre estaba sentado en la misma mesa cuadrada, bajo una ventana siempre cerrada. Apoyaba el peso de su cuerpo en un bastón de madera y en su mano siempre tenía un eterno cigarrillo prendido al cual le daba pitadas y nunca se extinguía. Sus uñas tenían una pátina de suciedad en ellas y su barba canosa alrededor de los labios tenía esa mancha marrón del tabaco que nunca dejaba de fumar. En ningún momento de mis visitas lo vi encender un cigarrillo y nunca lo vi caminar. Corrían muchos rumores sobre él, desde los más banales y pueblerinos hasta los más místicos y fantásticos. A mí me gustaba el que decía que estaba esperando a la parca allí sentado, muchos decían que eran viejos amigos y que su penitencia era fumar eternamente ese cigarro y esperarla.

Me doy vuelta y lo veo sentado como siempre, como está dibujado en mi recuerdo. Eternizado en esa posición, mirándome por entre las lagañas y la bruma alcohólica del almacén de ramos generales. Los sonidos del bar no lo afectaban, muchas veces mientras él hablaba (y nunca paraba) yo había presenciado trifulcas y duelos a cuchillos a pocos metros nuestros. A veces Alguna vez la sangre bañó mis cachetes y mis bombachas, pero a él nada de lo que pasara en este mundo lo afectaba parecía afectarlo. O por lo menos nada de lo que pasara en el presente en este mundo lo afectaba parecía afectarlo. Estaba anclado en su pretérito y su voz siempre hablaba en pasado. 
- ¿Cómo ha estado? – Me pregunta. Nunca me decía “¿Cómo está?”. Siempre me preguntaba eso, y mi respuesta nunca hablaba de cómo estaba yo en ese momento pasado sino de cómo estaba ahora.
- Estoy bien. –
Le dije Digo mientras me acerco a la silla. - He estado mejor, sinceramente.
- Yo estuve siempre mejor. La vida fue. Y recordaba cuando el viejo William Morris fundó este pueblo. Allá por el año mil ocho noventa. Era un viejo pastor de la Iglesia Anglicana. Había venido a colonizar las pampas para el rey de la corona
Británica. Había venido a enseñar a hablar inglés a todos los gauchos que apenitas hablaban castellano.

- Mire usted. Nunca supe de dónde provenía el nombre de nuestro pueblo, che. – Necesariamente no mentía, aunque siempre la historia que me contaba el viejo era sobre el personaje William Morris, pero siempre cambiaba de profesión, hábitos y costumbres. Hasta de épocas. Pero siempre en pretérito.

- El viejo llegó arriando vacas cuando se quedó sin dinero, sin el dinero del rey. Unos gauchos lo usaron un tiempo y él se quedó por las pampas. La pampa le borró la moral, si es que acaso alguna vez la tuvo. Con algunos patacones que les dieron los gauchos llegó a estas tierras donde vivía una familia hacendada de la zona, el nombre de ellos fue borrado por el tiempo y el peso de su historia. Él, como hombre de Fe, llegó a estas tierras, le prometió al – en este punto deja por un instante de hablar y agarra el porrón de ginebra y toma un largo sorbo, directo de la botella – dueño de las tierras evangelizar a todos los gauchos, indios y vacas. El hacendado, hombre de gran Fe católica, aunque William Morris era protestante, le construyó una iglesia. William Morris era protestante. La iglesia había sido reedificada dos veces, sólo quedaba del protestante que le dio nombre al pueblo una Biblia y el Cádiz Cáliz con el que daba misas. Las hijas del hacendado, cuatro en total, fueron pasando una por una por las sábanas de William Morris. Todas las hijas quedaron embarazadas de este señor. María Inés, María Angélica, María Concepción y María de los Ángeles, todas tuvieron hijos, varones y mujeres, de este cura anglicano e inglés. Más o menos todas al mismo tiempo.

- ¿Y qué hizo el hacendado? – Le pregunte yo. Pregunto. Mientras escuchaba escucho que un par de gringos detrás de mí mío estaban están teniendo una acalorada discusión sobre el partido que se iba a jugar entre los dos equipos del pueblo.

- Lo mató. – La brasa del cigarrillo se ilumina, se pone de un rojo furioso aunque el largo siempre es el mismo. - Un día mientras William Morris estaba leyendo su Biblia, o mirando los dibujos, sentado en lo que era su iglesia y su casa. Solo con su alma y Jesucristo crucificado, sentado en un banco largo, el único banco de la iglesia donde se sentaban solamente el hacendado y sus hijas a oír la misa en inglés y latín., aunque A veces algún gaucho viejo caía y escuchaba el sermón, más que nada para apañarse de la lluvia o el frío. [No me gusta. No. Disgresiones innecesarias, aún en la voz de un parroquiano loco.] El hacendando entró al recinto consagrado a Dios (donde también se dice que habían tenido lugar todos los actos carnales entre el inglés y las hijas), lo vio leyendo plácidamente. Se acercó sin hacer ruido y disparó. Dos veces. PUM y PUM. – Onomatopeya y con el dedo me apuntó e hizo apunta y hace como que disparó dispara, dos veces. - Un guacho gaucho que pasaba arriando una tropillas de caballos que iba para la ciudad de Santa Fe escuchó esto y se acercó. Luego escuchó otro disparo. El tercero. Este último ultimó al hacendado. Se suicidó. El gaucho me lo contó de primera mano.

- ¿Y por qué se llama así este pueblo?

- Las hijas del hacendado le pusieron William Morris a la iglesia, antes de todo eso. Mientras que Todos los niños crecieron con ese apellido. Crecieron para ser grandes terratenientes mientras entre ellos, entre hermanos y hermanas, tenían relaciones e hijos. Y así fue como los Morris fueron creando esta comunidad. El primer intendente fue hijo del cura y María Inés. Se puede decir que esta ciudad nació del pecado y de la muerte.

Me despedí despido de él mientras seguía sigue hablando. (Había empezado a contar la historia del primer intendente) Me quedé quedo pensando en toda la perorata que me había dicho dijo. Pedalee Pedaleo unas cuadras hasta llegar al centro. Llegué Llego de nuevo a la plaza del Libertador, pero esta vez viniendo por la calle Artigas. Vi Veo la gran Iglesia que todavía tiene una placa y un daguerrotipo de él William Morris, joven y muy rubio. Entré, me arrodillé y me persigné.  Entro, me arrodillo y me persigno.

Camino por la gran nave viendo a unas mujeres de luto sentadas en los largos bancos de madera oscura. Estaban Están mirando el piso en posición de penitentes. Algunas señoras habían confesado confesaron sus pecados y salían salen caminando rápidamente por los costados de la nave. Me acerco al sector donde estaban están las cosas de William Morris: la Biblia y el Cádiz. Un pequeño museo del generador del pueblo. Mientras miraba miro la Biblia debajo de la vitrina de vidrio, debajo de una pátina de polvo, noto en uno de sus costados unas manchas rojas de sangre.

Por una vez pienso que me dijo la verdad. Aunque mañana volveré a ir y William Morris será un hombre probo que fundó este pueblo de la nada, encontrando en la Fe católica la vida y la luz. Diciéndome que no hay ningún Morris todavía en el pueblo.



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Tuve que tomar decisiones personales drásticas, porque juega con los tiempos de verbos como si fueran pastillas de menta.
Decidí, finalmente, contraponerlos.
Narrador personaje, narrador en primera persona y en un presente casi forzado, que se encuentra y choca con un segundo narrador, narrador omnipresente, que relata la historia de William Morris en pasado, recreando los sucesos.
Presente y pasado que se unen y se configuran mutuamente.


jueves 2 de abril de 2009

William Morris A)

Hay un frente de viento oscuro que sopla las calles desiertas y que obliga a las gentes a caminar con más velocidad (entre las calles desiertas). [¿Es recurso o simple repetición? ¿Parte del estilo? Rever.]

Una plaza, dos edificios a los costados y una fuente vacía de agua. [Nombra la fuente en otro fragmento, como “ese centro capital rebosante de agua y vida”. ¿A qué fragmento le creo?]

Un pueblo que tiene calles y gente. Ese auto azul que pasa por la calle del otro lado de la plaza y se detiene en mitad de la calle para que ella pueda hacercarse y pedirle que no siga avanzando dejándola sola en esa calle desierta y poco a poco desierta.

 

 Hasta acá llega esta hoja suelta. Y ver dónde puedo ubicarla.