Tengo un texto en plena corrección. Capítulo perdido de algo anterior que aún no encuentro.
Esta caja es una bolsa sin fin.
Tengo tiempo cero y mucho trabajo por hacer.
Tengo en manos un cuento relato capítulo ¿fragmento? interesante, que sigue desarrollando personajes.
Falta poco para terminar de corregirlo.
Hasta yo estoy extrañando volver a esto. Me consumía, y ahora me hace tanta falta.
Ya terminado, lo transcribo. En el fragmento superior de la hoja, escrito en la misma letra, dice:
"Tenía la historia pero no sabía cómo empezar, en este momento, a casi las tres de la mañana del domingo, estoy bastante conforme con el resultado."
Yo no estoy tan conforme. He leido, a esta altura, mejores relatos. Hace un trabajo con las comas que opté por no corregir, que no me termina de convencer. Faltan comas por doquier. No sé si eso le agrega algo al texto o no, por lo que, por ahora, lo dejo así. Acepto comentarios al respecto.
Me gusta, sin embargo, la estructura. En este relato, magníficamente, hace un gran uso de los verbos.
Y una buena descripción de los personajes. El Marín empieza a dibujarse:
"Veía árboles, playas, barcos areneros que pasaban en dirección a la capital, boyas y un montón de cosas."
Por otra parte, ya encontré el capítulo posterior, que relata algunos de los atracos del Naila. Buen capítulo. Un cuento policial, casi autónomo.
Basta de mí. Trascribo:
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11
Entra al pueblo sólo porque sabe donde doblar. Le llama poderosamente la atención que no hay ningún cartel que indique con alguna flecha la entrada. Dobla rápidamente en el ramal que entra a la ciudad de William Morris y anda rápido por la ruta. Va tranquilo con la mano sobre la ventana abierta que le golpea y le vuela los pelos rubios.
Empieza a ver las primeras casas, el rancherío de las afueras y la pulpería en la curva de la ruta. Pasa por un puente que sortea el arroyo principal, un gaucho petiso va caminando llevando un par de caballos agarrados por la correa. El Naila le toca bocina en señal de saludo y el gaucho petiso se lo devuelve con un asentimiento con la cabeza. Va tranquilo mirando las calles solitarias en la noche invernal. La adrenalina le viene bajando desde hace un buen rato y empieza a reconocer las calles de la ciudad. Da un par de vueltas y sin querer toma la avenida principal que lo lleva en muy poco tiempo hasta el río, el límite norte de la ciudad. Una vez allí da una vuelta por la calle de la costanera y la recorre de punta a punta. Llega hasta el extremo oeste, allí donde esta la casa de putas. Allí para y no nota ningún movimiento extraño. Todavía es temprano aunque es ya noche cerrada.
Retoma lentamente por la calle de ripio. Va con la mano afuera y el viento frío le golpea la cara. Tiene frío pero eso lo mantiene despierto. Agarra el atado de cigarrillo que está en el asiento del acompañante donde también descansa el revólver 32 largo. Lo enciende y va fumando tranquilamente mientras vuelve a entrar al pueblo. Las casas bajas y la poca actividad lo desconciertan. Toma la calle del centro y va recorriéndola, llena de luces y con algunos pocos peatones que caminan rápido buscando apañarse del viento frío que hay esa noche. Los ve y los desprecia. Llega hasta la plaza principal del pueblo y sale de la avenida San Martín. Sabe que al costado de la plaza, a un par de cuadras vive el Marín. Sabe que va a ser su mejor opción para pasar allí la noche y recoger fuerzas.
Estaciona frente a la casa, que es una casa chata con un gran alero que recorre toda la parte de adelante y la del costado derecho de la casa. Tiene puertas y ventanas altas. Él había pasado mucho tiempo en esa casa, porque allí vivía su tía y su tío, que eran los padres del Marín. Mira la casa y busca algún indicio que le indique que su primo está dentro. Ve una luz en el alero y nota un bulto negro. Se baja lentamente, una vez afuera agarra el paquete de cigarrillos y se lo mete en el bolsillo interior del saco. Mira el revólver y lo toma con la mano derecha y mientras se incorpora, se lo acomoda en la espalda agarrado por el cinturón. Se acerca a la puerta de calle y abre la pequeña puerta de alambre que es el límite de la propiedad. No tiene mucho garbo al caminar y es bastante torpe debido a lo alto que es, aunque eso muchas veces le jugó a favor porque la gente toma una predisposición contraría a las habilidades físicas del Naila. Saluda con la mano desde el alero de la entrada, donde la puerta alta estaba totalmente cerrada y va hasta donde estaba el Marín sentado tomando mate.
El Marín ese día no trabajó. Era su día libre y anduvo dando vueltas por el pueblo. Normalmente, iba hasta el río y allí se quedaba pescando o mirando a otros como lo hacían. Casi nunca pescaba nada, ya que no ponía carnada. Se quedaba ahí sentado en su sillita plegable mirando las olas del río. Antes lo hacía con su padre, pero este había fallecido hacía por lo menos dos años, su padre era el que le ponía la lombriz en el anzuelo, cosa que el Marín nunca aprendió a hacer. Su padre, mientras estaban sentados en la dársena, le hablaba de lo bueno que era la pesca en el mar. Hablaba sobre los peces que se sacaban, sobre el sonido de las olas rompiendo contra la playa y de no ver nada sobre el horizonte más que agua y más agua. El Marín siempre oía esas historias tranquilo, sin interrumpirlo, y se imaginaba el mar. Le encantaba el mar y siempre decía que su sueño era ir al mar. La única foto que tenía de su padre y de su madre juntos estaban sonrientes juntos en un verano en la ciudad de Mar del Plata. Luego de eso nunca volvieron al mar.
Estuvo toda la mañana sentado en la dársena, cada tanto algún viejo le hablaba y le decía que con ese viento todos los peces ya estarían desaparecidos. El Marín no respondía sólo asentía como si entendiera y seguía mirando el horizonte, pero no veía sólo agua. Veía árboles, playas, barcos areneros que pasaban en dirección a la capital, boyas y un montón de cosas. Cuando el sol estaba en lo más alto, traía línea, recogía todos sus bártulos y volvía caminando por el mismo camino que hacía para llegar. En el centro paraba en la panadería del viejo Hidalgo y le pedía con mucha dificultad algo de pan y unas facturas para la tarde. Luego con la bolsita siempre agarraba la plaza principal y llegaba hasta la fuente. Una vez allí se quedaba mirándola, se preguntaba por qué estaba siempre vacía. Sólo tenía algo de agua sucia y verde en el fondo. El Marín nunca supo nada sobre la epidemia de fiebre amarilla que había azotado a William Morris, ni nada por el estilo. Desde esa época la fuente siempre estaba vacía por decreto de intendente. Recorría el trecho hasta la otra punta de la plaza y caminaba a paso más apurado lo que restaba hasta su casa.
En la cuadra de su casa siempre saludaba con gestos a sus vecinos y entraba raudamente a su casa. Abría la puerta de alambres, que cada vez rechinaba más, y entraba a su casa por la puerta de costado. Desde que falleció su padre nunca más abrió la puerta principal ya que nunca supo en el manojo de llaves cuál era la que la abría. Entraba por la puerta de su habitación y de allí caminaba por el pasillo oscuro hasta la cocina. Siempre miraba las fotos y las imágenes de la Virgen que estaban a su costado. Llegaba a la cocina y se cocinaba algo rápido. Ese día se hizo un sándwich de jamón y queso. Lo comió mientras escuchaba la radio a transistores. Escuchaba el informativo. Sin que se diera cuenta escuchó una noticia sobre un atraco a un banco en la localidad cercana, se decía que una banda de maleantes había entrado en las primeras horas de la mañana al banco provincia del pueblo y a punta de pistola se había llevado un gran motín. También dijeron que un policía había sido muerto en el asalto y que sospechaban que uno de los malvivientes tenía una herida de gravedad.
Al finalizar su almuerzo se dirigió a la cama y durmió una larga siesta. Se había levantado con el alba y estaba muy cansado de haber estado toda la mañana en la dársena pescando. Cuando se levantó ya era muy tarde y se acomodó las ropas. Salió a dar una vuelta por el pueblo, volvió a cruzar la plaza principal y entró en la avenida San Martín. Recorrió la calle mirando las vidrieras y llegó hasta el cine. Una vez allí se puso a mirar los afiches de las películas, vio una de Ava Gardner; siempre le había gustado esa actriz. No había visto la película. Pensó en entrar y hasta fue a la boletería a sacar el ticket, pero el muchacho que vendía las entradas le dijo que ya había empezado hacía cincuenta minutos y que no le convenía sacar las entradas en ese momento, que vuelva volviera dentro de una hora.
Anduvo otro rato por la calle principal hasta que en una esquina vio a la Pola. Se quedó quieto y se escondió detrás de un árbol. Era la primera vez que la veía y que no estaba en la valiente casa de señoritas. Sus amigos cada tanto lo llevaban allí y mientras ellos desaparecían en las habitaciones él se quedaba en su mesa, tomando algo mientras escuchaba a la muchacha que cantaba ligera de ropas. La primera vez que la vio fue cuando salió de la habitación con uno de sus amigos. La vio y se quedó prendado a la belleza escultural de la Pola. Y luego cada vez que sus amigos (o lo que él pensaba que eran sus amigos) lo llevaban se quedaba pendiente de encontrarla salir de alguna de las habitaciones del piso superior. Alguna vez la vio detrás de la barra. Nunca le habló. No hablaba bien, pronunciaba mal algunas letras y, además, le daba mucha vergüenza hablar con mujeres que nunca había visto. Así que desde ese momento, casi todas las noches que podía iba hasta allí y la miraba escondido desde la mesa de atrás, cerca de las ventanas bloqueadas con ladrillos huecos y con el cemento a la vista.
Se quedó un largo rato espiándola desde detrás del árbol, mientras la Pola hablaba con otra de las mujeres de la casa de señoritas. Cuando ellas se pusieron a caminar, él no tuvo la mejor idea que seguirlas. Estuvo un buen rato fantaseando tocarla y tomarla por las caderas. Hablarle y declararle su amor. Pero la siguió a una buena distancia. Ellas reían y hablaban muy fuerte, el viento cada tanto hacia que la pollera se le volara y le dejara notar un poco las piernas blancas y largas que tenía. Las siguió hasta las barrancas y luego por toda la avenida de la costanera. Los autos les tocaban bocina y, aunque el Marín no lo notó, muchas señoras hablaban por lo bajo de cómo se atrevían a salir de la casa y cómo andaban caminando por el pueblo como si fueran personas comunes y corrientes. Llegaron hasta la casa de señoritas y entraron. Todavía era de día y la casa ese día sólo abría por la noche, el Marín las miró desde la playa y cuando las perdió de vista volvió caminando por la playa hasta el pueblo.
Otra vez en su casa se sentó en el alero, con la radio muy baja. Tenía en su mano derecha la pava, la que apoyaba en una mesita a su costado cuando no se cebaba los mates y en su mano izquierda tenía el mate. Estuvo un buen rato tomando mates, mientras notaba como iba cayendo la noche sobre la pampa húmeda. Sus pensamientos fueron cambiando a cada rato. Empezó a pensar en la Pola y en cómo él algún día en la casa de señoritas le declararía su amor. Las cosas que le diría. Imaginó todo. Todo.
Luego se puso a mirar la foto de su madre y de su padre en Mar del Plata. Ellos estaban abrazados con los pies descalzos sobre la arena. Estaban vestidos y cada uno llevaba sus calzados en la mano. El mar estaba detrás de ellos y sus sonrisas demostraban que estaban recién casados. Estaban de luna de miel y había mucha gente al costado de ellos. Se notaba el invierno en sus ropas pesadas. La foto era sepia y estaba muy gastada. El Marín la llevaba consigo a todos lados. Sus ojos en algún punto dejaron de ver los colores plateados y se quedaron viendo las flores del jardín. Cuando salió de su ensoñación, escuchando las olas rompiendo contra la playa y viendo sus pies sobre la arena amarilla mojándose con el agua (Que él presumía dulce como la que conocía del río), guardó la foto en su billetera.
Con la noche oscura se puso a regar las flores que eran de su madre. Su madre había fallecido hacía mucho tiempo y él tenía pocos recuerdos de ella. Sólo verla regar las plantas en la tardecita, mientras él le correteaba por los costados. Era su recuerdo feliz, sus padres todavía no volvía del matadero y ellos estaban tranquilos. Cuando su padre llegaba había gritos y discusiones que el Marín no entendía.
Mientras regaba las flores la radio volvió a hablar sobre el gran atraco al banco provincia en la localidad vecina. Ampliaron un poco más la información que habían dado por la tarde, pero eran datos poco precisos sobre las descripciones de los asaltantes. El Marín no escuchó nada de eso, y si lo hubiera escuchado lo habría olvidado rápidamente.
Estaba sentado e iba por la cuarta pava de mate cuando vio un auto que estacionó en la puerta de su casa. Ya era tarde y no tenía mucha hambre aunque había comido muy poco durante todo el día.
Ve al conductor que se baja y hace un par de movimientos cerca de la puerta y en un momento lo saluda con la mano. Él devuelve el gesto con la cabeza y nota que el tipo entra a la casa. Sólo en ese momento se dio cuenta que era el Naila, su primo.
Camina por el alero en penumbras saludándolo afectuosamente mientras le dice que tiene que prender algunas luces, que parecía que estaba de velorio allí. El Marín le dice que le molestan las luces artificiales y le gusta estar en la noche. El Naila no le responde nada y le dice que se va a quedar un rato con él. El Marín no dice nada, pierde de vista a su primo.
El Naila entra a la casa y el olor a encierro lo golpea fuertemente. Camina hasta la cocina y encuentra un poco de pan. Busca en la alacena y ve el jamón, agarra un poco y lo mete en el pan. Se sienta en la redonda mesa que estaba en el medio de la cocina. Antes igual se saco saca el arma del cinturón y la pone sobre la mesa. Mientras come abre el tambor del revólver y deja caer las balas contra la mesa. Éstas, haciendo un ruido metálico, se mezclan con el zumbido de la radio que pasa tangos melancólicos.
Se queda mirando las balas y va agarrando una por una, parándolas. Eran seis balas las que cayeron del tambor. Y una era sólo una vaina. Agarra ésta y la huele. Siente el olor a pólvora, le gusta el olor. Le gusta ese olor, es el que siente cada vez que dispara su arma y ese humo ocre aparece por el cañón. Ese olor le da el poder, cuando esa ese aroma lo golpea sabe que él tiene el poder de frenar una vida en seco. Se siente todopoderoso y tiene el mundo en su puño.
Juega con la vaina vacía en sus dedos. La hace girar entre medio de sus largos dedos mientras su mirada está puesta en un almanaque de diciembre de 1927. Entre tanto se pregunta por qué ese almanaque quedó por la eternidad en esa fecha. Se lo pregunta, pero realmente no le interesa saber la respuesta. Conoce la estupidez del Marín y sabe que la respuesta a eso sería totalmente idiota. No le molestó nunca su primo, pero sí le molesta mucho su retraso. Porque siente que el Marín podría no ser tan tonto como es, pero que algo siempre lo retuvo. Culpa de sus tíos, un par de enfermos.
Vuelve a olor oler la vaina y otra vez el olor a pólvora lo embarga. Se pone la vaina en el bolsillo derecho y luego agarra del bolsillo interior del saco el atado de cigarrillos. Se pone un pucho en la boca y se da cuenta que no tiene nada para encenderlo. Se para y va hasta la hornalla, por ahí busca y encuentra un paquete de fósforos. Saca uno y nota que el Marín guarda además todos los fósforos gastados y quemados. Enciente uno y también el cigarrillo. Vuelve a sentarse en la silla en la que estaba, se queda mirando el fuego del fósforo y lo extingue una vez que esta muy cerca de sus dedos. Fuma tranquilamente mientras piensa en todo lo que puede ir mal desde ese momento en adelante.
Vuelve a tomar el revólver y empieza a poner las balas en el tambor. Mientras sostiene el revólver mira y apunta a ningún lugar en particular, pero en ese momento ve al Polo tirado en el piso.
Estaba manejando a las apuradas mientras los sonidos de las sirenas se escuchaban cada vez más lejanas. El Naila manejaba cada vez más rápido por el camino de tierra levantando la polvareda de la seca. Entraba por todos lados el polvo y el Polo iba tirado en el asiento de atrás. Cada tanto el Naila lo miraba por el espejo retrovisor, se sostenía la herida, tenía una bala en la panza y sangraba mucho. Al Naila le molestaba que sangrara y cada tanto gritaba, decía idioteces que lo hinchaban. Hablaba sobre su hermana y le decía que le diga que él la quería mucho, que la amaba y que todo eso lo hacía por ella. A él no le importaba y no le respondía.
En algún punto llegó a un páramo y paró el coche. Se miró los guantes y bajó sosteniendo el 32 largo en la mano. Tuvo un momento de duda mientras caminaba desde un lado al otro. Pero sopesó rápidamente que si eran menos el botín se debería dividir entre menos. Y al final de cuentas el Polo era un gil que habían encontrado en William Morris para hacer el trabajo pesado que ninguno de la banda quería hacer. Abrió la puerta de atrás y agarró al Polo intentando no mancharse de sangre. Lo logró, lo llevó hasta un árbol y lo sentó allí. Le dijo que paraban porque era necesario cambiar el coche. El Polo ya no entendía mucho y se meo meó los pantalones. Al Naila no le gustaban esa clase de tipos, esos no-profesionales que lo echaban todo a perder. Se alejo un par de pasos mientras el otro le hablaba sobre su hermana que trabajaba en una casa de putas en la ciudad, que vaya a hablarle si no sobrevivía al balazo que le había pegado el policía que había entrado justo cuando ellos salían del banco.
El Naila levantó el arma. Cerró el ojo izquierdo, puso alza, y mira miró sobre la cabeza del Polo y apretó el gatillo. El sonido retumbó en el silencio del páramo e hizo que los pájaros que estaban reposando en los tilos cercanos levantaran vuelo. El olor a pólvora y el humo ocre que salían del cañón de su arma le generaron una sonrisa en la cara. Le había reventado la cabeza de un tiro. Se acercó al cadáver y le sacó las identificaciones, el dinero y la 45 que llevaba en la cintura. Volvió al auto, agarró el saco con el dinero y lo metió en el baúl. Intentó limpiar la sangre que había en el asiento trasero pero era un trabajo fútil. Al rato desistió. Agarró unas chapas patentes que había robado la noche anterior y las cambió porque las que tenía puestas. Metió la 45 del Polo en la guantera y arrancó marcha atrás hasta que volvió a la ruta.
Agarra del bolsillo del saco una bala y la pone del en el lugar de donde había sacado la vaina vacía. Luego hace girar el tambor y cuando para de girar, de un movimiento lo cierra. Al Naila siempre le gustaron los revólveres porque sentía que las pistolas eran más inseguras, que aunque tenían más municiones se trababan mucho. Un revólver nunca se encasquillaría ni nada de eso. Un revólver siempre disparaba. Era confiable y él lo mantenía muy bien. Siempre que podía lo desarmaba y lo limpiaba. Todo eso lo había aprendido en la colimba, le había tocado hacer en el regimiento de infantería número 9 en Azul. Allí había conocido a sus compañeros de banda.
Se para y se pone el revólver en la parte trasera del cinturón de nuevo. Camina comiendo el pedazo de pan con jamón y va hasta donde está el Marín, que sigue tomando mate y mirando la nada. Cuando llega el Marín le ofrece un mate que el Naila acepta. Toma el mate y se lo devuelve. Le dice que si alguien le pregunta desde el día de ayer él está con él. El Marín le dice que no es así. Suspirando y maldiciendo internamente, el Naila le dice que él estuvo toda la tarde con él, que haga memoria y recuerde. En algún momento al Marín se le mezclan los recuerdos de esa tarde con los recuerdos de cuando él y el Naila estaban toda la tarde vagueando por el pueblo y le dice que en ese momento ya recuerda. Y le cuenta de la vez que mataron unas comadrejas en las afueras. Al Naila no le importa mientras el Marín le dé una buena coartada, sabe que nadie en el pueblo desconfía del Marín aunque todos piensan millones de cosas sobre él.
Se quedan un largo rato tomando mate hasta que a la pava ya no le queda más agua y la yerba ya está totalmente lavaba lavada. En el último mate que toma el Naila mira los palitos de la yerba flotar anárquicamente por el mate. Lo toma y aburrido como una tuba, le dice que lo acompañe hasta la casa de putas. El Marín le dice que sí pero no sabe a dónde lo está invitando su primo. Se paran y entran al coche. El Marín nota la sangre pero no se da cuenta que es sangre, le dice algo sobre que se le cayó algo de pintura en el asiento trasero y el Naila le dice que es un tonto, que no recuerda que se le cayó a él cuando habían ido a la ferretería el otro día. El Marín lo mira y le dice que la verdad que no lo recuerda pero si él se lo dice debe ser así. Y el Naila le dice que claro que es así.
Arranca y andando lentamente por las calles del pueblo toma dirección a la barranca. En un momento del recorrido pasan por delante de la comisaría. El Naila transpira un poco mientras el Marín saluda al comisario que estaba sentado en una silla en la puerta iluminado por un farol a gas. El comisario le devuelve el saludo y el Naila lo saluda a su vez. Siguen camino a las barrancas y agarran la calle de la costanera. Una calle doble que tiene árboles (Sauces llorones) en el medio y a los costados. El Marín va mirando el río oscuro a su costado derecho, ve un par de boyas iluminadas y a un barco arenero (aunque él no lo sabe) que va río arriba hasta el puerto comercial un par de decenas de millas más al norte. El auto va levantando polvo, el Marín se le pone a contar que hace meses que no cae ni una gota de lluvia. Al Naila no le interesa.
Llegan a la casa de putas y en ese momento el Marín se da cuenta que es la casa de señoritas. Entran luego que se saludan de saludarse con el que cuida la puerta, que era muy amigo del Naila de la época que jugaba al truco por plata en la pulpería del pueblo, cerca de la ruta de salida, mientras escuchaba al viejo que contaba historias sobre la fundación de William Morris atrás suyo. Entran y la luz mortecina no es muy diferente de la luz de afuera, una luz apagada de noche de nubes grisáceos.
Se sientan en la mesa redonda donde siempre se sienta el Marín, mientras el Naila se acerca a la barra a pedir unos tragos. Pide lo mismo para él que para su primo. Vuelve a la mesita y le da el trago al Marín, que estaba mirando la fotografía de su padre y su madre en el mar. Se pone a hablar de mar, sobre el ruido de las olas, sobre el sentir de la espuma en los pies, sobre cómo él entraría al mar y estaría allí todo un día entero. Al Naila no le importa lo que le cuenta su primo, está mirando a las muchachas que estaban en la barra esperando que algún cliente las lleve a la parte de arriba.
El Marín mientras hablaba no paraba de buscar con la vista a la Pola, pero no la encontraba. Normalmente cuando iba con sus amigos (O lo que él pensaba que eran sus amigos) no hablaba porque ellos se perdían en la parte de atrás algunos y otros se iban para la barra. Pero al estar con su primo sentía la necesidad de llenar el aire espeso y con olor a humo. El Naila enciende un cigarrillo y le ofrece a su primo que lo rechaza. No le importa. Se queda mirando y recuerda que el Polo le dijo que su hermana trabajaba allí.
El Naila recuerda que antes del atraco, en la madrugada anterior cuando estaba yendo para el pueblo, antes de entrar al banco mientras hacían tiempo sentados en el auto mirando la puerta doble por donde todavía no entraba ninguna persona, le había mostrado una foto de él y de su hermana cuando eran más jóvenes. En ese momento el Naila se dijo que la hermana del Polo, la Pola, se veía muy apetitosa.
La Pola estaba gritando en una pieza de arriba con uno de sus clientes habituales, un miembro de concejo deliberante del pueblo. Un gordo con mal olor pero que dejaba buenas propinas. Mientras el gordo gemía ella pensaba en el día, pensaba en las vidrieras, en las comidas. Miraba el techo mientras gemía sólo por costumbre. Le decía cosas chanchas y cada tanto le hacía acelerar. Ella se había dado cuenta que el tipo raro del pueblo la anduvo siguiendo mientras estaba con la Cachi. Pero no le importó. Lo veía todo el tiempo en las mesas mientras esperaba un cliente. No sabía si le molestaría o no si él le proponía algún negocio. Pero siempre la miraba desde lejos, de reojo. Ella pensaba que era un chico tierno, pero le daba algo de miedo la forma como la miraba.
En algún momento del acto sexual se puso a pensar en su hermano, el Polo, en qué estaría haciendo. Hacía varios días que no lo veía y la última vez le había dicho que iba a trabajar en algo importante y que, con suerte, podría hacer que ella deje dejara de trabajar en esa ese lugar de poca monta. Ella no le dio importancia a sus palabras, porque no le molestaba trabajar allí. Era un lugar limpio y tenía a varios habituales que le dejaban buena propina. Con todo ella pensaba que era una buena vida la que llevaba. No le molesta en absoluto ese trabajo.
El gordo se fue y ella se queda un rato más allí. Sola, descansando un rato. Al rato se viste, con la poca ropa que llevaba. Se asea en el baño, se pone un poco más linda y sale. Baja las escaleras mirando todas las mesas y nota al Marín con el Naila. A este último no lo conocía ni nunca lo había visto. Aunque el Naila sí la reconoció y sí la vio desde el primer momento. En algún punto el Naila piensa que tal vez le tiene que decir algo sobre el Polo, pero luego desiste de la idea y se dice que si tiene que hacer algo es ayudarla económicamente mientras él se pasa un buen momento.
Le dice al Marín que lo espere mientras él se va a hacer un negocio “con esa chica que bajó recién las escaleras” le dice. El Marín se dio da cuenta y en su asombro no puede decir palabra para negar eso, o para decir que no o algo por el estilo. Ve a su primo que se acerca a la Pola y ve como hablan. El Naila cuando le mira los ojos se dice que son los mismos ojos que tenía el Polo. Piensa en algún momento en el cadáver apoyado contra ese sauce siendo comido por las aves y animales rapiñeros de la zona. No le importa demasiado. El Marín ve como suben, el Naila abrazándola de la cintura y conversando airadamente.
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